Monday, April 15, 2013

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MEMORIA S DE VILLARTA 8
TEMPORALES DE ANTAÑO, TEMPORALES DE HOGAÑO (Crónica escrita a orza)
En la distancia del tiempo y el espacio, lejos de ambos conceptos, rememoro,- a la luz de los acontecimientos de las lluvias de los últimos días- con el visionado de imágenes actuales, de un temporal que ha llegado a las tierras de Villarta, como antaño llegaban los temporales.
Cuando era pequeño oía a los ancianos decir:
-¡Ya no hay temporales como los de otras veces!
En nuestros años, volvemos a recitar la misma canción que los que nos precedieron en años y en tiempo:
-¡Ya no hay temporales como los de otras veces!
Y quizás fuese cierto; o no; ¡vaya usté a saber! Pero parece que sí, que después de tantos años, han vuelto esos días de llover y llover sin parar:
¡Menuda tupitanza de agua nos estamos metiendo!-siempre alguien voceaba.
Recuerdos de temporales de infancia ya lejana, cuando asomados a la puerta, contemplabas cómo el agua caía y caía por las canales y canalones. Ponías las manos para recibir y sentir el manjar de la bendita agua, tan necesaria siempre para los sedientos campos, y de la que dependía tanto el futuro de los villarteños, pues del campo y para el campo se vivía. Agua que caía a borbotones con música celestial, pues cuando no llovía, al cielo se le rogaba implorando con el Rosario de la Aurora. Música pausada y alegre, con notas y timbres variados, según que el agua cayese en uno u otro instrumento: suelo, bacías, vasos, latas o latones, charcos, empedrado, maderas,…que el azar distribuyera en cualquier espacio donde alcanzara el goteo; dentro o fuera de las casas; por la chimenea o en la cámara, donde cualquier recipiente era válido para recibir el agua de las goteras del techo: olletas, palanganas y hasta orinales. Todo se ponía “a nada vuelo”.
Los vallejos corrían y corrían, de pared a pared; y los valles “aventaban”.

Se limpiaban tejados, corrales, calles, callejas y callejones. Los “empedraos” quedaban relucientes, “mas limpios que el jaspe”, como si los hubiesen “lavado con tú-tú”.
La imagen típica de esos días era ver al labrador que no había podido ir al campo por la lluvia, metido en casa, sentado en la silla de enea, detrás de la puerta, trenzando y trenzando juncos, haciendo empleita para un serijo, un serón, una espuerta o los cabezales de la albarda que ya estaba muy rota. No perdía el tiempo. Ya que no podía labrar, reparaba los aperos o fabricaba otros nuevos. Pero cuando se cansaba de estar allí retorciendo los juncos, se metía un brazao debajo el brazo y se marchaba a hacer tomiza a la plaza, para hablar un rato, metido debajo del volao del Fielato:
-¡No escampa!- dice cuando se encuentra con otros vecinos.
Pastores y cabreros, que estoicamente aguantaban chaparrones y chaparrones, tras ovejas y cabras todo el día empapados como una sopa; con sus abarcas, leguis, zajones, chaqueta de cuero y capote que no aguanta. Pero a pesar de las inclemencias, desean que siga lloviendo, pues en ello les va su pan y el de sus hijos.
Del Chorro Viejo, fluía con la fuerza de un volcán, con un frenesí imparable, bocanadas de agua por todas partes; el caño principal, a reventar, no daba “abastos” y el caño oxidado de atrás -de desagüe- también era incapaz de desaguar. El agua saltaba por el aire, en improvisadas cataratas salvajes. 

Pero también era un espectáculo de música y colorido, contemplar los impresionantes chorros que surgían de la cerca de la Capellanía. Metros y metros de cerca fluyendo agua por doquier, saltando por encima de las pared de piedra preñada de tanto líquido que albergaba en sus entrañas.
Era tiempo de ponerse las negras botas Katiuscas que al comprarlas eran todo suaves por dentro, pero con el paso de los días, cuando desaparecía aquel pelo tan delicado, se volvía áspero con el roce de la goma en la carne, cuando se “comía” el calcetín. “Con las botas puestas” salías a la calle a meterte por todos los vallejos: “mira, no me lleva el agua” “Muchacho, sal de ahí”. Marchabas esquivando caños que vomitaban con fuerza el líquido que no podían retener.
Cuando amainaba el temporal, después de varios días lloviendo, salías a disfrutar de un sol radiante y una atmósfera limpia y transparente.
Era momento del juego de los barcos. Un trozo de corcha para cada participante, simulaba un barco –que en esto, los muchachos de entonces éramos muy imaginativos. Vallejo abajo, charco tras charco, corrías con tu barco.
- El mío se ha atascado; no sale, hay un remolino-dice uno.
- No lo des con el palo, no vale; tiene que salir solo- dice el otro.
Hasta que salía de aquel charco y cogía fuerza para ir otra vez vallejo abajo. Así discurría la carrera, ensimismados en nuestros barcos hasta El Lagar.

Entonces, en otros tiempos, se dependía tanto del clima, del cielo, de las nubes; campesinos y ganaderos, pastores y cabreros miraban hacia arriba; cuando llovía tanto, era señal de año próspero. Agua caída en marzo,
vislumbraba un abril lleno de verdor y un mayo florido, que alegraba la vista y el corazón;
año de buenas cosechas de trigo, cebada y centeno; año de buenos chivos y borregos, que juguetones saltaban en los verdes campos y sierras de Villarta. ¡Tanto dependíamos! Y todavía, en parte, seguimos dependiendo de estos temporales que evitan la “pertinaz sequía”. Y ahora, aunque nada se siembra en nuestros pobres campos, pero aún seguimos viendo atajos de borras pastando.
Alegrémonos por ellos, porque riqueza para el pueblo y sus habitantes es. Porque quizá no tengamos sequía; tal vez no veamos aparecer el puente viejo; pero quizás disfrutéis de un mayo esplendoroso que yo no podré ver por estar lejos; aunque las nuevas tecnologías me permitirán contemplarlo por una ventana, a través de los cristales; como puedo ver esas imágenes del Castañal, impresionado por la fuerza de su cauce. 

Espero que sea una primavera ilustre, que cultive los durillos y espinos, que inunden el campo de aromas dulces, de perfumes sabrosos,…de lirios en las quebradas, de lavandas moradas entre romeros, de margaritas con las que poder desgranar y jugar al “si, no, si, no…”para que siempre diga “sí” a los platónicos amores de enamorados sinceros. Cultura del agua, cultura del campo, cultura de los sentimientos y las emociones…produce tanta riqueza material como emociones a nuestro corazón.
Y parece que este temporal de hogaño, como los de entonces, ha venido “como agua de mayo”. Nos ha venido a ver en plena crisis, para quizás en estos meses hasta final de año, hacer crecer unas décimas a nuestro PIB. Parece que desde arriba –desde el cielo- nos han echado un capote, aunque sea muy fino y delgado y no abrigue mucho, pero al menos nos alivie y nos de alguna de las pocas noticias alegres que recibimos, hartos ya de tantas negativas. Bienvenida sea esta agua que siempre purifica los campos y ahora, en parte purifique este momento de angustia que vivimos. Deseo que esta agua produzca la catarsis que necesitamos para empujar hacia delante y superar los grandes retos que tenemos planteados.
Agua que viene, agua que venga, agua que ahogue las aguas de nuestra lágrimas que tan abundantemente hemos derramado; aguas que ahoguen nuestros sufrimientos.
Alegría, alegría del sonoro canto del agua que marcea por los valles y vallejos. 

Agua para los “maniantales”que decían nuestros antepasados. Agua que limpie nuestras mentes de tanta tristeza, de cinco años de crisis acumulada. Agua que nos alegre la vida.

Autor :ESSS
Fotos: Pedro

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